La violencia, el delito, la corrupción y el PRI

Posted on octubre 31, 2011

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Pensar que el regreso del PRI terminará con la violencia en nuestro país no es más que una de la grandes mentiras que por décadas ha sido parte del discurso del Partido Revolucionario Institucional. Desde los tiempos de Gonzalo N. Santo, asesino y miembro fundador del ahora PRI, pasando por Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, El “Negro” Durazo, etc, etc, la relación entre la violencia y el PRI ha sido estrecha.   Ellos, el PRI y sus secuaces, nos generan el problema y claro, no dicen, mintiendo, que ellos lo resolverán, pero nunca lo han hecho. Esto no lo decimos nostros,  aqui una recopilación de un excelente análisis de Héctor Aguilar Camín publicado en Milenio en 2008 sobre el PRI, el Narco y la Violencia.

Política y Delito

El año de 1976 Arturo Durazo Moreno es nombrado jefe de la Policía de la Ciudad de México. Lo nombra su amigo de infancia, José López Portillo, el nuevo Presidente de México. Ese año se sabe en el gobierno mexicano que una corte de Miami ha dado curso a una acusación contra Durazo por importar cocaína a los Estados Unidos.

En esos momentos Durazo Moreno es jefe de seguridad de la campaña del candidato presidencial, José López Portillo. Durante años ha estado al mando de la Policía Judicial Federal en el aeropuerto de la Ciudad de México.

Desde 1960, según los acusadores, un socio neoyorquino de Durazo, Antonio Botano, paga a Durazo para asegurar el libre paso de sus “correos” por el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Según los investigadores, el modus operandi del aeropuerto es sencillo en su laberíntica impunidad:

Durazo informa al comandante de la policía judicial encargado del aeropuerto de la llegada de un correo en vuelo de Avianca procedente de Bogotá, Colombia.

El comandante avisa al jefe de Seguridad, éste al jefe de Migración y éste a dos oficiales, uno de los cuales recibe el vuelo, conecta al “correo” y obtiene la petaca antes de llegar a Aduanas. Luego entrega la petaca a un enviado de Durazo que la espera en un lugar convenido fuera del aeropuerto.

Para mostrar resultados al público, la mecánica adquiere esta variante: Durazo informa al comandante de la llegada de tres “correos” de heroína en vuelo de Panam, procedente de Buenos Aires. El Correo 1 trae tres kilos de heroína, el Correo 2 un kilo, el Correo 3 doce onzas.

Uno de los correos debe ser detenido. Se escoge al Correo 3, que sólo porta 12 onzas. El comandante avisa al jefe de Seguridad, éste al de Migración, éste a los oficiales migratorios, uno de los cuales espera el vuelo, identifica a los correos, habla con ellos y los presenta a sus compañeros.

Los documentos del Correo 3 no son sellados por los oficiales migratorios: debe pasar a inspección. Los documentos de los Correos 1 y 2 sí son sellados, y logran salir sin contratiempo de las aduanas. Los espera fuera del aeropuerto el enviado de Durazo para recibir sus cargamentos.

El Correo 3 es revisado y su contrabando descubierto, lo que permite demostrar al día siguiente, ante la prensa, que la Policía Antinarcóticos del aeropuerto cumple su trabajo.

Así empieza la historia, y así sigue, hasta hoy: cosas de contrabando y policía, indignas de la atención de un estadista.

En diciembre de 1982 el nuevo Presidente, Miguel de la Madrid, decide cortar de tajo con la policía que hereda del gobierno previo.

Clausura una cueva mayor, la Dirección de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia (DIPD), durante años en manos de Francisco Sahagún Baca, ex miembro de la Brigada Blanca, comandante de las confianzas del policía de las confianzas del Presidente López Portillo, Arturo Durazo Moreno.

Sahagún Baca es hombre extravagante, suele pasear a sus invitados por los separos llenos de la DIPD para explicar sus métodos. A uno le dice: “Yo he matado a muchos hijos de la chingada, pero a ninguno que no lo mereciera”.

El Presidente De la Madrid echa a la calle a los comandantes de la DIPD. El año siguiente se registra el mayor aumento de delitos de la estadística negra del país.

Los economistas lo atribuyen a la crisis económica por las devaluaciones del 82. Los conocedores saben que el aumento se debe a los policías expulsados del paraíso.

Ese paraíso es la administración policiaca del hampa, mediante la cual los comandantes pagan un tributo de seguridad pública al gobierno, que regresa un tributo de impunidad a los comandantes.

En 1983, con la clausura de la DIPD, se pierden los dos tributos. Los comandantes pasan de ser mitad policías y mitad hampones a la redonda intemperie del crimen, intemperie propicia pues, desde que ellos dejan de controlar el hampa, no hay quien los controle a ellos en su nuevo paraíso, que es el hampa.

Lo poco o mucho que hay de eficacia y experiencia policial en el país esta en aquellos comandantes duales, que reprimen el delito con la mano izquierda y lo protegen con la derecha.

Hay quien dice que la eficacia de la policía está rota desde entonces en México, porque los que cortaron el nudo gordiano del crimen dentro del Estado no tuvieron un nudo de repuesto: junto con el crimen policiaco cortaron la policía que había.

Se dice también que el gobierno no ha tenido desde entonces ni policía eficaz ni control eficaz de sus policías, como si la historia quisiera decirnos que no hay policía eficaz si no tiene un pie en el hampa.

El hecho es que, una vez cortado el nudo del crimen policiaco, asunto de drenaje nacional, indigno de estadistas, el gobierno pudo dedicarse al verdadero problema de estadistas que en su opinión aqueja a la República: la crisis económica.

Pero entonces, el narco tocó la puerta.


En 1982 el gobierno de Miguel de la Madrid depura de un tajo la policía cerrando la Dirección de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia. Quiere separar el crimen del gobierno, la política del delito.

Pero son los albores del auge del narcotráfico en México y el crimen y el delito se meten a la casa del gobierno por las ventanas de su policía política, la Dirección Federal de Seguridad.

El mercado de la cocaína ha cambiado. Las rutas tradicionales del Caribe están deshechas. Desde fines de los setentas, los barones colombianos buscan nuevos caminos hacia la gran nariz de Norteamérica.

Nadie hay tan preparado en México para eso como Miguel Ángel Félix Gallardo, un antiguo policía de Sinaloa, ex custodio del hijo del gobernador Leopoldo Sánchez Celis, contrabandista de goma de amapola y mariguana, que ha montado una red de distribución hacia el suroeste de Estados Unidos.

Félix Gallardo pone su red de paso al servicio de la cocaína. Poco después mueve al norte tanta cocaína como el Cártel de Medellín, tiene dos bancos, una flotilla aérea, una red telefónica, está montando sus propios laboratorios y extendiendo su red a Europa.

En 1982 la Drug Enforcement Agency (DEA) organiza la Operación Padrino para rastrear a Félix Gallardo. Descubre entonces que los padrinos del Padrino han sido los comandantes de la Federal de Seguridad.

En 1986, la DEA recluta un informante que ha trabajado en la Federal de Seguridad entre 1973 y 1981. Ha sido contratista, consejero de finanzas y proveedor de armas de Miguel Nassar, cabeza de la Federal de Seguridad.

Según ese informante, a mediados de los años setenta, cuando las bandas de Sinaloa se hacen la guerra unas a otras, además de la guerra que tienen con la policía y con el ejército por la Operación Cóndor, dos comandantes de la Federal de Seguridad van a ver a Félix Gallardo.

Le aconsejan cuatro cosas: 1) Poner fin a su guerra intestina, 2) Montar una base de operaciones en Estados Unidos, 3) Salir de Sinaloa, 4) Guarecerse en Guadalajara.

La DFS presenta a los narcos con la gente influyente de Guadalajara. Les buscan casas, les asignan guardaespaldas. “Los traficantes”, escribe Elaine Shannon en su libro Desperados, “aportan la fuerza y la sangre. La DFS aporta la inteligencia, la coordinación y la protección contra otras agencias de gobierno”.

Es el año de 1985. Policía, política y delito han empezado a tener más sociedad y mejor negocio que nunca.

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Posted in: Narco